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Actualidad

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jueves, 13 agosto 2026 / Publicado en Actualidad

Latiendo en Misión (agosto): La vida misionera en medio de la crisis en Cuba

Todavía recuerdo el día en que regresé a Cuba después de unas vacaciones. Mientras desempacaba mi equipaje, mis compañeros, sacerdotes de nuestra comunidad, no pudieron evitar bromear conmigo porque casi todo lo que había traído eran ingredientes para cocinar, mientras que solo unos dos kilos contenían medicamentos que podía compartir con los necesitados.

En ese momento, mi mente estaba puesta en mi responsabilidad en la cocina, ya que nuestro cocinero no estaba disponible. Siempre me decía a mí mismo: “Nunca es fácil cocinar si no hay ingredientes disponibles”. Así que, en un lugar donde incluso una sola pastilla de paracetamol es cuestión de supervivencia, la falta de medicamentos puede hacer que uno se sienta dolorosamente indefenso.

Sabiendo lo difícil que es encontrar incluso los ingredientes más básicos en Cuba, pensé que había tomado la decisión más práctica.

Sin embargo, al ver a mis hermanos sacerdotes desempacar maletas llenas, principalmente de medicamentos, y a pesar de las muchas preguntas que solían enfrentar en la aduana del aeropuerto, me di cuenta de que habían visto una necesidad que yo no había comprendido del todo.

La parroquia se había convertido discretamente en un refugio al que la gente acudía no solo a rezar, sino también a pedir medicinas, pues incluso las pastillas más sencillas se habían vuelto un lujo para muchas familias. Aquella experiencia me conmovió profundamente. Me recordó que la vida misionera consiste, ante todo, en aprender a ver con los ojos de Cristo, cuyo corazón siempre está atento a la necesidad más profunda de la persona que tiene delante.

Una conversación con uno de mis compañeros misioneros se ha grabado en mi corazón desde entonces. Simplemente dijo: “Nuestra ayuda, incluso cuando compartimos un medicamento, siempre debe ser un camino para acercar a las personas a Dios”. Esas palabras me han acompañado porque transformaron mi perspectiva sobre nuestra misión.

na aprovechaba nuestra ayuda a la perfección, sino si yo las trataba como Cristo lo haría. La vida en Cuba es dolorosamente difícil. Hay personas que piden medicinas porque están enfermas, mientras que otras las piden porque venderlas es una de las pocas maneras de llevar comida a la mesa. Ante esa realidad, es fácil que mi corazón se vuelva desconfiado.

Sin embargo, cada vez que me reunía con nuestros voluntarios en la Parroquia Espíritu Santo, en Tacajó, los animaba a no dejar que el miedo endureciera sus corazones. Si alguien nos engaña, entonces solo tenemos que aprender (siempre les dije lo que pasó, pasó), pero nunca debemos permitir que la deshonestidad de otra persona se convierta en la razón por la que negamos la misericordia a quienes más la necesitan.

Como hijos del Santo Padre San Agustín, creemos que todo acto de caridad es una invitación a la comunión. Incluso si todo lo que podemos ofrecer es una pequeña tableta, un oído atento o una sonrisa amable, estos se convierten en señales de que la Iglesia es un hogar donde toda persona es acogida y amada.

Cada vez más, las palabras de la canción se han convertido en mi propia oración: “Jesús, enséñame tu modo de hacer sentir al otro más humano; que tus pasos sean mis pasos, mi modo de proceder”. He llegado a comprender que el Señor no me pide que haga cosas extraordinarias, sino que le permita amar a los demás mediante los gestos ordinarios a mi alcance.

Hay días en que tanto nuestros voluntarios como nuestros feligreses se sienten desanimados porque, por muchos medicamentos o vitaminas que lleguen, nunca son suficientes para todos los que vienen. Cuando eso sucede, recuerdo una historia que escuché por primera vez en mi clase de inglés cuando era estudiante de secundaria: la del hombre que caminaba por la orilla del mar, recogiendo estrellas de mar varadas una por una y devolviéndolas al mar.

Cuando alguien le dijo que nunca podría salvarlas a todas, simplemente respondió: “Quizás no, pero marqué la diferencia para esta”. Con el paso de los años, esa historia me habla de una manera nueva. La misión rara vez consiste en lograr grandes cosas que todos noten. Más a menudo, se trata de ponernos discretamente a disposición de Dios para que, a través de nuestros pequeños actos de fidelidad, alguien pueda vislumbrar su amor.

No podemos curar todas las enfermedades, resolver todas las injusticias ni cambiar un sistema entero de la noche a la mañana. Sin embargo, como agustinos recoletos, estamos llamados a estar presentes, a construir la comunión y a ser humildes testigos de esperanza en lugares marcados por la incertidumbre.

Un pequeño frasco de vitaminas, un paquete de medicamentos, una conversación con un paciente o una acogida compasiva pueden parecer insignificantes, pero en las manos de Dios se convierten en rayos de su luz. Quizás no podamos cambiar toda la realidad de Cuba, pero si una persona sale de nuestra parroquia convencida de que Dios no la ha olvidado y de que la Iglesia está a su lado, entonces Cristo ya se ha hecho presente.

Y en mi reflexión, comprendí que es la serena belleza de esta vocación: no hacer todo, sino estar disponible, de las maneras más sencillas posibles, para que su luz siga brillando donde más se necesita la esperanza.

 

Por Fray Jhoben Manalo Rodríguez, OAR

Misionero agustino recoleto en Cuba

 

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