Llegamos a Guatemala después de un largo viaje y, como si el tiempo no hubiera pasado, nos estaban esperando con un cartel y una sonrisa. Para tres de nosotros, Natalia, Sergio y Miriam, volver a Totonicapán era reencontrarse con personas, lugares y familias que ya forman parte de nuestra historia. Para Marcos, Claudia y Rocío era comenzar una experiencia completamente nueva. Seis voluntarios, dos formas distintas de llegar y muchas ganas de descubrir qué nos esperaba.
Los primeros días fueron una mezcla de reencuentros, visitas y primeras experiencias. Empezamos conociendo un poco más Totonicapán desde el parque ecológico Mamre y el mirador Kaxtum. También aprovechamos para visitar por sorpresa a las familias de los voluntarios locales que habían acompañado a Natalia, Sergio y Miriam en años anteriores. Fue una manera muy especial de volver a encontrarnos con quienes hicieron que su primera experiencia tuviera sentido.

Ese mismo día visitamos a Doña Rafaela. Después de todo lo que se había vivido en años anteriores y del esfuerzo de su familia para salir adelante, nos encontramos con una sorpresa enorme: su casa había sido remodelada y tuvimos el honor de inaugurarla oficialmente. Fue uno de esos momentos que hacen entender que el voluntariado no termina cuando uno vuelve a casa.

Algunos días tocó cambiar los planes. Una visita se canceló y acabamos jugando al baloncesto. Otro día cambiamos las aulas por una obra: transportamos tierra y piedrilla desde el camino hasta una de las casas que ARCORES está financiando y ayudamos a preparar y echar el cemento del suelo. Cansados, pero contentos, terminamos participando en una Hora Santa junto a la comunidad local.
También hubo momentos especialmente duros. Visitamos a Marcial, atropellado por un coche y que había perdido un pie, y a Ángela, una mujer de solo 43 años, enferma de diabetes y gota, ciega y abandonada por su familia. Al ver las condiciones en las que vivía, decidimos volver el sábado. Limpiamos su casa, la bañamos y mandamos su ropa y sus cosas a lavar. Hay experiencias que no necesitan muchas palabras. Simplemente estar allí ya es importante.
Después de una primera semana intensa, el fin de semana nos permitió conocer otra cara de Guatemala. Visitamos las cataratas de San Cristóbal y San Andrés, descubrimos la cultura y los ritos mayas y viajamos hasta el lago de Atitlán, donde recorrimos San Juan la Laguna y disfrutamos del paisaje desde el mirador y desde una barca.

Una de las visitas que más nos impresionó fue la familia de Marcos, uno de los niños que acude al refuerzo educativo. Son 14 personas y viven sin agua corriente, sin baño y con unas condiciones muy difíciles. Para conseguir agua potable tienen que acudir a la escuela y para lavar la ropa bajan al río. Duermen en camas de madera sin colchón. Conocer esta realidad fuera del aula nos ayudó a entender mucho mejor a los niños que acompañamos cada tarde.

Y no todo es trabajar. Uno de los momentos más divertidos fue preparar una comida española para los voluntarios locales: paella, huevos rellenos, mousse de limón y bolas de chocolate. Después, nos repartimos para acudir a dos institutos y dar charlas sobre autoestima, dentro de los proyectos que ARCORES desarrolla en Totonicapán.
Terminamos estas dos semanas acompañando a las ocho personas del asilo de la Divina Misericordia, todas ellas desahuciadas y sin familia, participando con ellas en la misa y compartiendo un rato juntos. Después llegaron las fiestas patronales de Quiché y, al día siguiente, el volcán de Chicabal y su laguna sagrada, donde se realizan ofrendas mayas. Para terminar el día, invitamos a los voluntarios de Totonicapán al cine. Para algunos era la primera vez que entraban en uno. Y acabamos todos juntos cenando pizza.
Dos semanas después, los seis empezamos a tener claro que venir a Guatemala no consiste solamente en ayudar. También consiste en dejarse ayudar, aprender, escuchar, compartir y dejarse sorprender. Los que repetían han vuelto a encontrarse con una tierra y unas personas que ya llevaban dentro. Los que veníamos por primera vez empezamos a entender por qué merece la pena volver.
Y todavía nos quedan muchas cosas por vivir.



