El comienzo de un viaje es tan importante como cualquiera de sus momentos intermedios o como su final; comprender la vida desde el voluntariado. En nuestro caso, comenzamos con buen pie cuando el padre Peding nos recogió en el aeropuerto de Freetown y nos condujo hacia Kamalu.
La carretera asfaltada -la primera y última que veríamos- nos anunciaba ya una realidad muy distinta a la que estamos acostumbrados. Nos flanqueaban árboles que tapizaban el terreno hasta el horizonte y ascendían, como posibles torres de una catedral por construir, hasta rozar el cielo.

Cuando llegamos a la misión de Kamalu, conocimos al padre J. V. que, gracias a su talante observador, atesora un sinfín de conocimientos sobre la vida en Sierra Leona.
Allí conocimos también a las doce chicas que viven en la Boarding School de la misión. Buena prueba de la inmejorable educación que aquí reciben son sus impecables modales y su sonrisa inveterada.

Las tardes han sido provechosas. Los estudiantes de la escuela de verano de ARCORES han acudido cada día a la misión de Kamalo para recibir nuestras clases.
Allí hemos hablado de biología, de astronomía y de matemáticas. Por supuesto, al término de cada clase hemos jugado al fútbol y al baloncesto, aunque nada comparado a la pasión por el baile de la que han hecho gala los estudiantes.
También hemos aprovechado para visitar los hogares de algunas de las chicas de la Boarding School. El buen trabajo de la comunidad agustino recoleta es evidente, pues las familias nos reciben con platos rebosantes de comida tradicional.
Estos días nos han ayudado a comprender algunos detalles de la vida cotidiana aquí, pero también nos han hecho conscientes de los problemas con los que lidian los sierraleoneses.
No obstante, la presencia de la Orden de Agustinos Recoletos es un signo favorable para esta nación, que puede encontrar en los recoletos el espejo de su esperanza.
Gracias al Real Valladolid, equipo que donó uniformes para la población de Kamalo.



